Exploratio: Military and Political Intelligence in the Roman World from the Second Punic War to the Battle of Adrianopole. Por N.J.A. Austin y N.B. Rankov (Reseña)

Exploratio: Military and Political Intelligence in the Roman World from the Second Punic War to the Battle of Adrianopole. Por Norman James Edmonstone Austin y Nikolas Boris Rankov, Londres- Nueva York: Routledge (2004). 3ª edición. Notas al final del libro. Bibliografía. Pp. xiv, 292.

Por cortesía de un buen amigo mío, he tenido la oportunidad de leer esta notable y sugestiva obra. Notable, por la cuidadosa y meticulosa recopilación de evidencia, tanto de las fuentes literarias como de las recopilaciones publicadas de papiros e inscripciones epigráficas. Y sugestiva, porque los autores muestran poseer esa habilidad, que sólo los buenos historiadores pueden lucir, de poder interpretar con fundamento al relacionar diversos elementos que, a primera vista, parecen no contar con poca o ninguna relación entre sí.

Norman Austin y Boris Rankov proponen como tenía lugar durante la Antigüedad la recopilación de información relevante para la toma de decisiones militares, tanto en campaña como a nivel estratégico y focalizando su atención en ejemplos romanos. A partir de ahí, reconstruyen como podía tener lugar la toma de decisiones por parte del Senado y – especialmente, desde la Segunda Guerra Púnica- los generales al mando de los ejércitos de la República.

Ya, desde hace muchos años, se ha aceptado que en las guerras de los siglos II y I a.C. libradas por Roma, quién llevaba la voz cantante en su dirección era el general al mando del teatro de operaciones encomendado. Al fin y al cabo, los integrantes del Senado romano eran conscientes de que el más capacitado para tomar las decisiones era, precisamente, el hombre destinado allá y que pisaba el terreno sobre donde debía operar.

En cambio, los autores dan un salto más al proponer que este modelo también sería extensible a los gobernadores provinciales, basándose fundamentalmente en los testimonios presentes en los Commentarii de Julio César de sus campañas en las Galias y en la correspondencia privada de Cicerón mientras estuvo destinado como gobernador de Cilicia en el 51- 50 a.C. A pesar de todo, los autores subrayan que los procesos de dirección y mando eran rudimentarios y limitados, al igual que los que estaban a disposición del Senado en Roma.

Es aquí donde los autores son capaces de dar un salto interpretativo. Ya reseñamos hará unas semanas la obra de S. Mattern, quién sostenía la imposibilidad práctica de que los emperadores en Roma pudiesen dirigir de modo efectivo una política estratégica de las fronteras de sus dominios. Como ya observamos entonces, ésta resulta de una lectura reduccionista de las fuentes literarias. En cambio, Austin y Rankov también trabajan sobre la evidencia recogida a partir de las inscripciones epigráficas conmemorativas y epitafios, de los papiros que han sobrevivido hasta hoy sobre labores de la administración cotidiana y mera burocracia, y de las tablillas de madera conservadas en Vindolanda con anotaciones sobre contabilidad, informes de exploradores y demás productos de la burocracia inherente en toda estructura militar desarrollada. De esta evidencia los autores concluyen sobre quién recaía de forma efectiva la configuración de la política de fronteras era en el legatus Augusti pro praetore, es decir, el gobernador de una determinada provincia – normalmente, fronteriza- que ejercía el mando sobre una o más legiones estacionadas dentro del ámbito territorial bajo su responsabilidad. Así, siguiendo las directivas generales que emanaban desde Roma, los gobernadores eran quiénes tomaban las decisiones sobre el terreno. Para ello, contaban tanto con un altamente desarrollado aparato administrativo para la adecuada gestión de sus fuerzas, además de una estructura de recogida y selección de información relevante para sus funciones.

Evidentemente, el mando concentrado sobre las legiones suponía la oportunidad de poder hacerse también con el poder político en Roma, como bien señaló en su momento Tácito, pues éste era el secreto del imperio: el de que se podía hacer a un príncipe en un lugar que no fuera Roma (Historias, I. IV. 2 [trad. J.L. Moralejo, Cátedra]).  Tácito tenía en mente al escribir estas palabras el ejemplo de Vespasiano, quien se proclamó emperador durante la Guerra Civil del 69 d.C. estando al mando de las tres legiones destinadas a Palestina para sofocar la rebelión de los judíos, secundado rápidamente por las legiones estacionadas en Egipto y Siria. Junto a esta preocupación respecto a la política interna, la creciente presión de los pueblos germánicos sobre las fronteras del Danubio conllevó a que ya Marco Aurelio pasase la mayor parte de sus últimos años en campaña en la frontera danubiana contra las confederaciones tribales germánicas; a su vez, el co-emperador Lucio Vero pasó también largos años dirigiendo sucesivas campañas contra los partos durante la década del 160 d.C.

Pero, como observan los autores (en p. 211), sería Septimio Severo quién empezó a reducir de modo efectivo el mando de los gobernadores sobre las legiones. A la vez que se cuidaba de dirigir las operaciones militares al personarse en los sucesivos teatros de operaciones – en Oriente y en Britania-, reconfiguró las provincias de Panonia y Siria de modo que ya ningún gobernador tuviese el mando sobre más de dos legiones a la vez. Sin duda, tanto su mismo ejemplo al proclamarse emperador apoyado por las legiones en Panonia, como el de su rival  – derrotado tras una larga campaña- Pescenio Níger en Siria le inspiraron para esta última medida. La culminación de este proceso lo hallaríamos en Diocleciano (284- 305 d.C.), quién distribuyó las responsabilidades entre dos “Augustos” y dos “Césares”, estando todos ellos acompañados de su propio aparato administrativo y de recolección de inteligencia. Luego, Constantino, tras derrotar a sus rivales en la enésima guerra por el poder, modificó sensiblemente el modelo introducido por Diocleciano, reduciendo a la mitad el número de Augustos y Césares y asociando el título de César a uno de sus parientes, siendo ya ésta la norma hasta la derrota y muerte de Valente I en la batalla de Adrianópolis (378 d.C.).

Nada puedo añadir ya, aparte de subrayar que las tesis aquí expuestas suponen un modelo explicativo alternativo y, a mi criterio, más sugerente y convincente a las tesis “primitivistas” de Benjamin Isaac, Charles Richard Whittaker y Susan Mattern respecto a la política estratégica del Imperio Romano hasta finales del siglo IV d.C.

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