La revolución del año mil. Por Guy Bois (Reseña)

La revolución del año mil. Por Guy Bois, traducido por Gonzalo Pontón, Barcelona: Crítica, Biblioteca de Bolsillo 33 (2000, 2ª edición). Notas al pie de página. Pp. 206.

Hoy retornamos con una obra de referencia entre los historiadores medievalistas que, sintetizando los debates historiográficos de la década de 1980, ha ido dando paso a los interesantes horizontes renovadores de la Historia Cultural que progresivamente tomaron un rol hegemónico en la disciplina.

En síntesis, el autor toma el caso de reconstruir la historia socioeconómica de la aldea de Lournand, situada en la región del Macônnais y que pasó progresivamente, a depender del señorío de los monjes de la célebre abadía de Cluny durante la segunda mitad del siglo X de nuestra era. Para ello se sirve, fundamentalmente, del cartulario que recoge con exactitud las adqusiciones, transferencias  y donaciones de tierras llevadas a cabo por los monjes durante ese siglo.

Es a partir de este testimonio documental que el autor, de forma especialmente brillante, contrasta su tesis respecto que el término servi presente en dichos documentos no hace referencia a “siervos” si no, en cambio, a esclavos que trabajan las tierras de sus amos. Por otra parte, recoge los estudios hasta entonces publicados respecto a que la difusión de innovaciones tecnológicas como el molino de agua, nuevas técnicas agrícolas y el uso del nuevo arado de hierro ya estaban totalmente en uso en Lournand durante el siglo X, asociando de este modo el crecimiento demográfico y económico del período medieval a transcendentales transformaciones socioeconómicas que, en el contexto de efervescencia religiosa del cambio de milenio, eclosionó hacia un nuevo modelo de estructuración de la sociedad.

En primer lugar, el paso del modelo de la ciudad de la Antigüedad, lugar de residencia de las élites aristocráticas que se servían del Estado para drenar recursos del mundo rural para sostener su status social, al burgo medieval que debe su existencia a una relación más estrecha con el campesinado, sirviendo ahora de mercado para los productos de los mismos. A continuación, destaca la disolución del modelo social de la Antigüedad, caracterizado fundamentalmente por la contraposición entre esclavos y hombres libres y, en otro plano, entre la aristocracia y el campesinado libre que trabaja su alodio. En su lugar tendrá lugar, en los últimos años del siglo X y los inicios del nuevo milenio, la formación del señorío, donde un núcleo de poder, ya sea laico o eclesiástico, ostenta la propiedad de la tierra de su jurisdicción que, de acuerdo a determinados servicios,el siervo podía trabajar una determinada parcela en régimen de usufructo pero, por ejemplo, con el derecho a transmitirlo en herencia a sus descendientes. De este modo, si bien el antiguo campesino libre pasaba a depender de un poder superior más o menos prestigioso, conservaba parte de su autonomía individual sin, a su vez, sufrir el riesgo de vender sus tierras a raíz de sus deudas o una mala cosecha. Paralelamente, la esclavitud era definitivamente erradicada, convergiendo los antiguos esclavos a un status social similar al del campesino ahora dependiente característico del modelo feudal.

El trabajo de Guy Bois representó, a su vez, un auténtico aldabonazo contra los discursos historiográficos imperantes. Por una parte, al extender la Antigüedad hasta el mismo siglo X y alumbrando a su vez el concepto de la Antigüedad Tardía, suponía alterar el tradicional esquema cronológico medievalista que fijó el inicio de la Edad Media con la deposición de Rómulo Augústulo por Odoacro del 476 d.C., convencionalismo originado en la particular e interesada percepción que se tuvo de los acontecimientos desde la corte de Constantinopla aunque, formalmente, el Imperio Romano de Occidente aún pervivió en fechas más tardías (ver el artículo de Brian Croke, “A.D. 476: The Manufacture of a Turning Point”, Chiron, vol. 13, pp. 81-119. 1983). Por otra parte, también ataca con dureza la deriva que la Escuela de los Annales, bajo la batuta de los últimos años de vida de Fernand Braudel (1902- 1985), había tomado entonces centrádose en el estudio de la microhistoria, la llamada historia de los hombres, pero con nulo interés en intentar insertar dicho conocimiento en un macroanálisis.

Por último, también pone en solfa la moda historiográfica de querer asociar grandes transformaciones de naturaleza socioeconómica con el “cambio climático”, tendencia alimentada por la preocupación y creciente sensibilidad, desde hace ya treinta años, por parte de la opinión pública occidental hacia la protección del medio ambiente. Si bien no debe menospreciarse el impacto de fenómenos de esta naturaleza, en ocasiones se tiende a sobredimensionar su impacto pues, cuando esta hipótesis es sometida a crítica se observa que resulta insuficiente para explicar las causas del declive del modelo social antiguo. Más convincentes resultan las conclusiones de Guy Bois, quién sitúa dicho proceso en un largo proceso de transformación que se alargó desde el siglo V d.C. al siglo X y donde, en diversas fases, tuvieron primacía factores políticos, como la creciente debilidad del Estado tributario ya a finales del Bajo Imperio, especialmente en lo que su a fiscalidad se refiere; transformaciones de carácter económico que eclosionaron durante el período carolingio; y, finalmente, factores de naturaleza ideológico-religiosa que sirvieron de catalizador para la configuración del modelo social feudal.

A todo esto, debe hacerse sólo una observación: el modelo explicativo de las sociedades antiguas que maneja el autor es el sintetizado, en su momento, por Moses I. Finley en su Economía de la Antigüedad, obra publicada en castellana en múltiples ediciones y siendo la más reciente la tercera edición, publicada por el Fondo de Cultura Económica el 2003; también se hace notar en parte, aunque no apezca citado, el modelo teórico sobre el Estado tributario propuesto por Samir Amin. Respecto a esta edición de bolsillo, siendo la primera edición en castellano de 1991, debe observarse que no incluye el anexo fotográfico que sí incluía la primera edición, ausencia que se echa en falta ocasionalmente cuando el autor lo cita para justificar e ilustrar su argumentación. Si bien resulta un tanto dudosa esta decisión editorial, ello no deprecia en absoluto este excelentemente argumentado y recomendable trabajo de Guy Bois.

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