Medieval Technology and Social Change. Por Lynn Townsend White Jr. (Reseña)

Medieval Technology and Social Change. Por Lynn Townsend White Jr., Oxford: Oxford University Press (1962). Notas al pie de página, con apéndice adicional de notas de mayor extensión. Pp. xii, 194.

Hoy retornamos con una nueva reseña, en esta ocasión dedicada a una de las obras más conocidas en España del difunto profesor Lynn White (1907-1987) y traducida como Tecnología medieval y cambio social, siendo su edición más reciente la publica por Paidos el 1990. Profesor en Princeton y Stanford, en los Estados Unidos fue en su momento más conocido por sus tesis sobre la relación entre la doctrina cristiana medieval y la ocasionalmente denominada como “Ecological Crisis” pues, según el profesor White, se habría alterado la relación entre el hombre y el medio hasta conducir a la sistemática sobreexplotación de los recursos naturales, rasgo que caracterizaría las sociedades industriales contemporáneas.

Si bien la tesis antes enunciada puede resultar de algún interés, también nos indica ya cuál es el gran problema metodológico que encontraremos en la obra que aquí reseñaremos: su determinismo. El autor, casi siempre, trata de explicar las transformaciones socioeconómicas de las sociedades del Occidente medieval únicamente a través de procesos monocausales. Este tipo de modelos explicativos adolecen del problema negar la notoria complejidad que a toda transformación socioeconómica caracteriza, simplificando el proceso histórico de modo que responda a un mecanicismo alejado de la agency humana, es decir, de la misma capacidad del individuo para incidir en su momento histórico y entorno social de acuerdo a un usualmente complejo proceso de toma de decisiones. Este tipo de modelos explicativos, en su momento, ya fueron sometidos a la más cruel satirización por Carlo Maria Cipolla (1922-2000) en uno de los ensayos que conforman su célebre Allegro ma non troppo, reeditado muy recientemente por Planeta.

Donde se observa más claramente esta tendencia es en el primer capítulo de Medieval Technology and Social Change, donde asocia el proceso que culminó con la eclosión de la sociedad feudal a finales del siglo X con la difusión del estribo, pues consideró que este arreo, al facilitar considerablemente la estabilidad del jinete sobre el caballo, representó la creación de la primera caballería feudal por parte del rey franco Carlos Martel en el siglo VIII d.C. y motivando su decisión de expropiar las tierras en manos de la Iglesia para repartirlas entre sus nobles, creando de este modo el feudo como medio para sostener al arma de caballería.

Esta hipótesis determinista, si bien ha tenido cierta difusión incluso entre la divulgación histórica, no se sostiene por ninguna parte. En primer lugar, el proceso de feudalización, como ya señalamos en la reseña que hicimos a La revolución del año mil de Guy Bois,  fue un período  muy prolongado, abarcando desde el Bajo Imperio hasta algo más allá del cambio de milenio, y que respondió a una múltiple cantidad de variables de carácter político, económico e ideológico hasta conducir a una radical transformación social. Tratar de reducir todo esto únicamente a la mera adopción de una innovación tecnológica, resulta una grosera simplificación muy poco satisfactoria, pues si hipotéticamente pueda explicar un caso concreto, deja de lado toda la complejidad histórica del período en cuestión. Contrástese con la infinitamente más ponderada obra de Richard W. Bulliet, The Camel and the Wheel. Y, en segundo lugar, esta tesis de Lynn White se basaba en una incompleta selección de la evidencia histórica, especialmente en lo que se refiere a las cronologías que emplea en la difusión del armamento, como puede observarse por ejemplo en este buen estudio de Mario Orsi, “Los cambios en el armamento y el proceso de feudalización en Cataluña: Estado de la cuestión y propuestas metodológicas” en Ex Novo, (vol. 3, pp. 41-59. 2006).

En cuanto a su segundo capítulo, “The Agricultural Revolution of the Early Middle Ages”, plantea el mismo problema metodológico antes mencionado, en este caso el determinismo tecnológico. Resulta interesante su estudio sobre la difusión de innovaciones tecnológicas, desde la difusión del arado de hierro hasta la adopción de innovaciones en los arreos para los animales de tiro que, por ejemplo, entonces permitieron el uso eficiente del caballo tanto para el transporte rodado como para el trabajo agrícola; también fue relevante el proceso de introducción de la rotación de cultivos, pues ello permitió aumentar la producción en una misma parcela mientras se reducía la superficie de tierra en barbecho, es decir, que permanecía sin cultivar para dejar que así recuperase sus nutrientes y humedad. En cambio, al contrario a como sí hizo años más tarde Guy Bois, no inserta tales innovaciones en el cambio de la naturaleza de las relaciones entre la ciudad y el campo, estando ahora ambo más estrechamente interrelacionados económicamente que en la Antigüedad, donde toda explicación monocausal resulta insatisfactoria.

Y en cuanto a su tercer y último capítulo, resulta una mera recopilación del proceso de desarrollo tecnológico de aparatos mecánicos, desde el molino hidráulico hasta el reloj. Sobre este último, resulta llamativa su insistencia en restar la importancia del hallazgo del llamado “mecanismo de Anticitera”, hallado entre los restos de un naufragio datado en el siglo I a.C. y que, según las reconstrucciones posteriores a su hallazgo, se trataba de un autómata de gran complejidad, sin parangón al menos hasta los relojes creados en Italia el siglo XIV. En este punto, el lector quizás se cuestione si el autor no adolecía de algún prejuicio, donde se asociase sistemáticamente la Antigüedad con lo que él posiblemente entendía como algo atrasado y poco útil.

En definitiva, su lectura ha resultado interesante, en parte por la evidencia que se recoge, en parte también por resultar un sano ejercicio de crítica a sus tesis argumentadas en una obra que, desde el punto de vista metodológico, carece de virtudes.

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6 comentarios en “Medieval Technology and Social Change. Por Lynn Townsend White Jr. (Reseña)

  1. La obra de Lynn T. White Jr. ha envejecido tremendamente mal. Por un lado, a causa de su postura determinista y evolucionista. Por otro lado, por su desconexión respecto a los desarrollos historiográficos que en los años 50 y 60 del siglo XX acerca de la formación de la sociedad feudal, con particular atención a los trabajos de G. Duby, por ejemplo, o a los posteriores de R. Fossier, P. Toubert, P. Bonassie o G. Bois, entre otros, o en torno al debate de la transición del feudalismo al capitalismo entre los medievalistas marxistas británicos, por ejemplo, caso de M. Dobb y R. Hilton. Leyendo el libro de White en su contexto historiográfico, epistemológica y metodológicamente resulta ya pobre y anticuado para su época, resultando sus conclusiones analíticas, efectivamente, reduccionistas y casi risibles.
    Eso no quita para que las tesis mecanicistas sobre la evolución de las sociedades medievales gracias al progreso tecnológico no tuvieran una cierta acogida. Pero para eso bien traes a colación a Cipolla, puestos a saber qué opinar de la pimienta y de los estúpidos…
    En todo caso, lo que no se puede negar a Lynn White es que sí logró llamar poderosamente la atención sobre el valor de las tecnologías, sobre todo en relación con el trabajo agrícola y artesanal, en los procesos de transformación de las sociedades del Occidente medieval. Gracias a su libro, las cuestiones relacionadas con el utillaje agrario, las técnicas de cultivo, la tecnología hidraúlica, las mejoras en el trabajo del metal, el desarrollo de artilugios mecánicos o de las armas de fuego (entre otros muchos campos, además de toda la tratadística cientifico-técnica relacionada con ellos) fueron integrándose más y mejor en el análisis histórico de los medievalistas, en sus discursos explicativos y, por qué no también, en los planes de estudio para la formación de titulados universitarios e incluso, aunque sea de manera epidermica, en los de enseñanzas medias. Por ello, aunque a mí también el libro de White me parece que tiene mucho de anecdotario construido de manera sospechosamente selectiva y es científicamente aborrecible, más allá de la crítica, no se puede negar que marcó e influyó, creo, más positiva que negativamente en la evolución del conocimiento histórico. Aunque no sea más que porque otros vieron que había asuntos de los que ocuparse y merecía la pena hacerlo bien.

    Y que lo sepas: “Allegro ma non troppo” no es nada cruel… Tan sólo bien informado. Si no, Cipolla podría haber dado nombres (sobre todo, para ejemplos de la aplicación empírica de las leyes fundamentales de la estupidez humana). Yo cuanto más lo leo, más me río.

  2. Víctor, me ha gustado como logras glosar sobre los aspectos positivos de este libro de Lynn White: “sirve al menos como mal ejemplo” 😉

    Bromas a parte, comparto totalmente tus argumentos expuestos. Y hace tiempo que no releo a Cipolla y debería hacerlo pues éste, junto a la “Apología de la Historia” de Marc Bloch, es de esos libros que resulta sano releer de vez en cuando para someterte a examen y detectar tus debilidades.

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