Abilio Barbero y Marcelo Vigil (Ensayo). Parte II: El feudalismo terminó ayer

En la primera parte de este ensayo acabamos mencionando a los auténticos productores de riqueza durante la Alta Edad Media, es decir, los campesinos. Desgraciadamente, de estos se tiende a saber poco, especialmente cuando retrocedemos hasta los siglo VII y VIII d.C., período al que A. Barbero y M. Vigil dedicaron tantas páginas en La formación del feudalismo en la Península Ibérica y del que casi no existen testimonios de archivo, datando los escasos para finales del siglo VIII. Por otra parte, las numerosas excavaciones arqueológicas emprendidas a lo largo de estos últimos treinta años en el norte de España han sacado a la luz testimonios del registro material que, en el mejor de los casos, resulta generalmente equívoca.

En general, las excavaciones como la necrópolis tardoantigua de Aldaieta, sita cerca de Vitoria, ha mostrado la existencia de unas élites intensamente romanizadas pero no visigodas, como indicarían los ajuares funerarios documentados que parecen responder más a una influencia franca (FACI, 2012: xxiv-xxv); esta tendencia también podría percibirse en las prácticas de la corte astur de finales del siglo VIII tendían a imitar las prácticas de la realeza franca (ver COLLINS, 1986: 287). Por otra parte, A. Barbero y M. Vigil plantearon de modo convincente que la evidencia parecería sugerir la coexistencia de una estructura socioeconómica que no respondería al modelo romano, lo cuál plantearía la cuestión de si la llamada “romanización”, pecando de cierto modernismo, se inspiraría excesivamente al proceso de aculturación que practicaron las potencias coloniales europeas en sus dominios de ultramar, pues el Estado romano no sería homologable en los recursos y capacidades al alcance de un Estado contemporáneo (ver FACI, 2012: xx). En cambio, sus tesis sobre la persistencia de un modelo de parentesco gentilicio durante el siglo VIII d.C. han suscitado una amplia crítica, frecuentemente bien fundamentada (ver FACI, 2012: xxxiii-xxxvi).

Por otra parte, otra de las cuestiones a la que ambos autores dedicaron gran atención fue a lo que ellos denominan, empleando la terminología de Claudio Sánchez Albornoz, como “feudalismo visigodo” (BARBERO y VIGIL, 1979: 103), partiendo de la definición del mismo que hizo M. Dobb en 1946 y en la que priman, por encima de cualquier otro rasgo o elemento constituyente, las relaciones de dependencia (ver BARBERO y VIGIL, 1979: 14-15). Así, concluyen que la monarquía visigoda, a inicios del siglo VIII d.C., se hallaba inmersa en una dinámica  que evidentemente conducía a una solución institucional de tipo feudal interrumpida por la invasión árabe-beréber del 711 (BARBERO y VIGIL, 1979: 194).

Reyes godos Chindasvinto (642-653), Recesvinto (649-672) y Egica (687-702). Detalle de figura Códice Albeldense o Vigilano, fol. 428. (Fuente: Wikimedia Commons)

Esta tesis explicativa resulta problemática desde el punto de vista histórico. Por una parte, la difusión de estudios comparativos entre los casos de estudio de las diversas monarquías de los reinos a las prácticas del Estado romano del Bajo Imperio, especialmente desde el reinado del emperador Constantino I (313- 337), ha constado la continuidad entre las prácticas del Imperio tardorromano cristiano de los siglos IV y V d.C. y los reinos bárbaros que le sucedieron (ver reseña a Esperando a los árabes de Javier Arce). Por otra parte,   resulta absurdo identificar el feudalismo solamente con la existencia de las relaciones de dependencia, pues estas están ampliamente documentadas en sociedades protohistóricas, como criticó Pierre Bonnassie (ver intervención de éste en PORTELLA, 1985: 22); o, incluso, en la Roma tardorrepublicana del siglo I a.C., resultando así un rasgo no intrínseco a una estructura social de naturaleza feudal. Por otra parte, los autores caracterizan los pactos de conquista como meras relaciones de dependencia feudales a las existentes en el regnum Gothorum (ver BARBERO y VIGIL, 1979: 229-231), lo que resulta un sinsentido que denota una falta de comprensión de la naturaleza de los pactos de sumisión o ṣulḥ que los árabes habían practicado en Egipto durante el siglo VII d.C., pues las únicas relaciones de dependencia en el Islam medieval sólo se establecían entre un converso con su patrón y la tribu de éste (COLLINS, 1986: 205). Pactos como el de Teodomiro, al que A. Barbero y M. Vigil dan gran relevancia por contener elementos de continuidad del “feudalismo visigodo” (BARBERO y VIGIL, 1979: 208), sería más adecuado entenderlos entonces como pactos de naturaleza político-administrativa con las élites locales, análogos estos con los realizados por los árabes durante el siglo VII (ver BARCELÓ, 1979 [1997]: 23; ver también ARCE, 2011: 289-290). Por otra parte, en las traducciones árabes que nos han llegado de dicho texto, en estas se emplea el término árabe ‘abd – “esclavo”- como equivalente al equívoco servus latino, como ha indicado M. Barceló (ver intervención de éste en PORTELLA, 1985: 23; ver también la reseña que hicimos a La revolución del año mil de Guy Bois).

Y aquí entraríamos en la otra crítica fundamental contra el modelo explicativo del “feudalismo visigodo” de A. Berbero y M. Vigil, que deriva de una lectura acrítica de las tesis del marxismo clásico, en la que se sostenía que durante el Bajo Imperio tuvo lugar el fin del esclavismo para ser sucedido por la servidumbre feudal. Dicho modelo no se correspondería con la evidencia, como el mismo Pacto de Teodomiro del 713 antes referenciado, pues está documentada persistencia del esclavismo en la agricultura en Occidente al menos hasta los siglos IX-X d.C. (ver WICKHAM, 1986: 7-8; ver también FELIU, 2000: 182-183) y coexistiendo con formas de servidumbre como la tenencia feudal. En cambio, los autores de La formación del feudalismo en la Península Ibérica se limitaron a seguir el mecanicismo del marxismo dogmático, donde el final del esclavismo le sigue inmediatamente el feudalismo (ver esta crítica en nota 106 en  BARCELÓ, 1979 [1997]: 42 [54]). De este modo, tienden a hacer una interpretación un tanto reduccionista de los códices legislativos de los sucesivos reyes visigodos al sostener que promulgaban la servidumbre feudal y obviando, en cambio, al menos discutir interpretaciones alternativas, como la de Pierre Bonnassie, que entienden que su afán era reintroducir la esclavitud, práctica que en Hispania, a raíz del caos social y administrativo existente desde el siglo V, había perdido su papel hegemónico en la producción agrícola (ver intervención en PORTELLA, 1985: 22-23).

Y, para tratar de dar una cierta historicidad a este dogma ahistórico, recuperaron el viejo paradigma del medievalismo institucional o “de Ganshof”, del que Sánchez Albornoz fue uno de sus más notables exponentes (ver síntesis en PASTOR, 1985: 199) y donde las relaciones de dependencia son un rasgo característico del feudalismo, lo que resulta una interpretación reduccionista del concepto mismo. Y así lo puso de relieve el profesor Frederic William Maitland en el curso de sus clases de Historia Constitucional de Inglaterra impartidas en 1887-1888, llevando esta interpretación hasta sus últimas consecuencias al observar, no sin cierta ironía:

If my examiner went on with his questions and asked me, when did the feudal system attain its most perfect development? I should answer, about the middle of the last century. (Citado en BROWN, 1974: 1.064)

En conclusión, la obra de los historiadores Abilio Barbero y Marcelo Vigil representó en su momento la apertura de nuevos caminos en el medievalismo español aunque, inevitablemente, el paso de los años también ha hecho aflorar las debilidades de su modelo interpretativo del período a caballo entre la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media en la Península Ibérica.

Enlaces a la Introducción y a la Parte I del presente ensayo.

Bibliografía:

– ARCE, 2011. Javier Arce Martínez, Esperando a los árabes. Los visigodos en Hispania, Madrid: Marcial Pons, Historia (2011).

– BARBERO y VIGIL, 1979. Abilio Barbero de Aguilera y Marcelo Vigil Pascual. La formación del feudalismo en la Península Ibérica, Barcelona: Crítica, Historia 4 (1979, 2ª edición). Pp. 437.

– BARCELÓ, 1979 [1997]. Miquel Barceló i Perelló. ” La más temprana organización fiscal de al-Andalus según la Crónica del 754 (95/713(4)- 138/755)”, Faventia, vol. 1/2,pp. 231-261. (1979). [Reeditado en El sol que salió por Occidente. Estudios sobre el estado Omeya en al-Andalus, pp. 23-54. Jaén: Universidad de Jaén (1997).]

– BROWN, 1974. Elizabeth A.R. “The Tyranny of a Construct: Feudalism and Historians of Medieval Europe”, The American Historical Review, vol. 79 nº 4, pp. 1.063-1.088. (1974).

– COLLINS, 1986. Roger Collins, trad. Juan Faci, España en la Alta Edad Media 400-1000, Barcelona: Crítica, Serie Temas Hispánicos 154 (1986). Pp. 387.

– FACI, 2012. Javier Faci. “Abilio Barbero y Marcelo Vigil. La otra «Reconquista»” en Abilio Barbero de Aguilera y Marcelo Vigil Pascual. Visigodos, cántabros y vascones en los orígenes sociales de la Reconquista, pp. vii-lxiii. Pamplona: Urgoiti Editores, Historiadores 16 (2012).

– FELIU, 2000. Gaspar Feliu i Monfort. “Aspectes de la formació del feudalisme en Catalunya”, Recerques, vol. 41, pp. 179-203. (2000).

– PASTOR, 1985. Reyna Pastor. “Sobre la construcción y consolidación del sistema feudal castellano- leonés de los siglos XI- XII” en Jordi Portella i Comas (ed.). La formació i expansió del feudalisme català. Actes del col·loqui organitzat pel Col·legi Universitari de Girona (8-11 de gener de 1985). Homenatge a Santiago Sobrequés i Vidal, pp. 199-210. Girona: Col·legi Universitari de Girona, Estudi General 5-6 (1985).

– PORTELLA, 1985. Jordi Portella i Comas (ed.). La formació i expansió del feudalisme català. Actes del col·loqui organitzat pel Col·legi Universitari de Girona (8-11 de gener de 1985). Homenatge a Santiago Sobrequés i Vidal, Girona: Col·legi Universitari de Girona, Estudi General 5-6 (1985). Pp. 569.

– WICKHAM, 1984. Chris Wickham. “The Other Transition: From the Ancient World to Feudalism”, Past & Present, nº 103, pp. 3-36. (1984).

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