History of the Art of War, vol. III, Medieval Warfare. Por Hans Delbrück (Reseña)

 History of the Art of War, vol. III, Medieval Warfare. Por Hans Delbrück, traducido por Walter J. Renfroe, Jr., Lincoln, Nb- Londres: University of Nebraska Press- Bison Books (1990, 2ª edición). Notas al final de cada capítulo. Pp. 712.

Tras un considerable retraso a raíz de problemas surgidos en mi trabajo, retornamos con una nueva reseña, hoy dedicado al tercer volumen de la obra magna de Hans Delbrück, titulada Geschichte der Kriegskunst im rahmen der Politiscen Geschichte y traducida y editada por Walter J. Renfroe, Jr. con la colaboración del historiador Everett L. Wheeler para la traducción al inglés de los textos en latín que Hans Delbrück citó extensamente en este volumen donde el autor profundiza sobre los argumentos que ya apuntamos en nuestra reseña de su segundo volumen y que, en la presente, se someterán a una crítica poniendo de relieve su obsolescencia, en gran medida a raíz de la inmensa contribución del historiador Bernard S. Bachrach en este campo durante estos últimos cuarenta años.

Por una parte, el autor sostuvo a lo largo de su obra que durante todo el período medieval los ejércitos en campaña eran siempre de tamaño reducido – el máximo serían 7.000 u 8.000 efectivos-, tesis que años más tarde eran bien recibidas por historiadores como Ferdinand Lot (1866-1952) o Philippe Contamine, constatándose en el caso de este último en su publicada más conocida y originalmente publicada el 1980, La guerra en la Edad Media (trad. J. Faci, Barcelona: Labor, 1984). Si bien ya hemos hecho notar las virtudes de la Sachkritik que aplicó para las batallas de la Antigüedad en su primer volumen, para el caso medieval el autor desecha su propia metodología, donde la logística determina en gran medida el sostenimiento de un ejército en campaña, para aplicar en cambio su prejuicios primitivistas basados, en última instancia, en su creencia en que la estructura socioeconómica medieval se basaría en el mero trueque, y que no deja de ser otra cosa si no una perspectiva reduccionista del período en cuestión, pues hoy ya está ampliamente documentado que, especialmente desde ya el siglo X, los intercambios económicos se realizaban con moneda (ver una completa exposición en B.S. Bachrach, “Early Military Demography: Some observations” en D.J. Kagay y L.J.A. Villalon (eds.). The Circle of War in the Middle Ages: Essays on Medieval Military and Naval History, pp. 3-20. Woodbridge: Boydell Press, 1999).

Otro tópico primitivista lo hallamos en su creencia en que, durante el largo periodo medieval, los comandantes carecían de toda capacidad para planear sus campañas de acuerdo a conceptos estratégicos. Semejante creencia resulta de lo más errónea, como un mero análisis de las sucesivas campañas de Carlomagno para la conquista de lo que luego sería la Marca Hispánica desde el año 800 (ver B.S. Bachrach, “Military Organization in Aquitaine under the Early Carolingians”, Speculum, vol. 49 nº 1, pp. 1-33:  25-28. 1974). Por otra parte, este modelo interpretativo resulta ya de lo más risible cuando, a su vez, se contrapone contra los resultados de estudios recientes como los de John Pryor sobre la guerra en el Mediterráneo.

Más, si se tiene en cuenta la complejidad real de la guerra en el medievo, caracterizada por lo que Aldo A. Settia ha adoptado como el “reflejo obsidional” (ver nota 3 en Rapine, assedi, bataglie. La guerra nel Medioevo, Roma: Ed. Laterza, 2002: 82, 307), que engloba, por una parte, la dinámica de incursiones, razzias y demás tipo de expediciones cuyo objeto era el desgaste del enemigo, siendo el ejemplo más evidente la expedición de Eduardo de Gales, el llamado “Príncipe Negro”, contra los dominios franceses desde Burdeos hasta Narbona entre octubre y diciembre de 1356. Por otra parte, el reflejo obsidional abarca sobretodo la expugnación de las plazas fortificadas cuya construcción se generalizó, primero, en las ciudades durante el período bajoimperial y, luego, en la construcción de castillos y fortalezas que se generalizó desde los siglos X y XI. Debe hacerse notar aquí que Hans Delbrück era consciente de esta realidad pero simplemente manifestó un desinterés total a esta ámbito, pues su foco de interés eran las batalles campales (ver pp. 324-328 y 348) .

Este prejuicio también lo hace extensible a la táctica, rechazando que los comandantes fuesen capaces de ejercer lo que a veces se conoce como un mando y control de sus tropas efectivo, que es la traducción del término anglosajón command & control. Esto sería fruto del hecho, según afirmó Delbrück, que los ejércitos medievales estaban formados por caballeros de origen noble y que combatían pesadamente equipados y a caballo, siendo movilizados sólo por su lealtad hacia su señor feudal y sus ambiciones individuales por la gloria y el botín. Este último punto ya resulta manifiestamente erróneo, pues el autor sólo aplica una lectura acrítica de los testimonios literarios, pues estos alaban de sus protagonistas lo que serían los ejemplos de coraje personal (ver interesante análisis en Contamine, La guerra en la Edad Media, pp. 316-325), aspecto manifiestamente observable en los relatos de las fuentes sobre los asaltos contra plazas fortificadas (ver Settia, Rapine, assedi, bataglie, pp. 146-151).

Pero creer que esta parte de la realidad es su totalidad resulta un grave error. Por citar un ejemplo claro, en el asalto ejecutado por las tropas pavotanas contra la plaza de Tortona el 26 de mayo de 1155, se prometió un cuantioso premio en metálico al primer hombre que lograse escalar las murallas, siendo este tipo de premios una cosa relativamente habitual (ver Settia, Rapine, assedi, bataglie, pp. 149-150); en realidad, lo más habitual desde el siglo XII es que los miles movilizados recibiesen algún tipo de salario a cambio de su servicio. Por otra parte, el asalto no era el método más habitual empleado para la expugnación de plazas fortificadas, como mostraría el hecho que en la Crónica de Jean de Froissart se ha contabilizado que de los 370 asedios mencionados para el siglo XIV, sólo en el 30% de lo casos se intentó, con o sin éxito, el asalto contra las murallas (Settia, Rapine, assedi, bataglie, p. 148). Como Bernard Bachrach ha señalado que tomar como testimonios representativos los detalles de la literatura épica medieval resulta, desde el punto de vista metodológico, tan fiable como hacer lo mismo con las películas de Rambo para el ejército estadounidense en la actualidad (ver su recensión publicada en The American Historical Review, vol. 106 nº 4, pp. 1.436-1.437. 2001).

Por otra parte, si bien el autor se muestra rotundo en exponer su modelo, luego debe reconocer una cantidad de “excepciones”, “aberraciones” o donde las maniobras sobre el campo de batalla son “fortuitas” y que contradicen manifiestamente sus tesis, como serían los ejemplos de las batallas de Hastings, 1066 (pp. 151-154); Elster, 1080 (pp. 142 y 271); Tinchebrai, 1106 (pp. 399-400); Brémule, 1119 (p. 400); Bourgthéroulde, 1124; Lincoln, 1141 (p. 402); Legnano, 1176 (pp. 342-343); Worringen, 1288 (pp. 421-422); Conway, 1295 (p. 424); Falkirk, 1298 (pp. 392-393);  Courtrai, 1302 (pp. 431-438); Dupplin Muir, 1332; Halidon Hill, 1333 (p. 462); Crécy, 1340 (pp. 453-463); Reutlingen, 1377 (pp. 449-450); y Pillenreuth, 1450 (pp. 275-276). Y eso, por supuesto, sin contar sus dudosas reconstrucciones de otras batallas, como Lechfeld, 955 y que aquí no nos entretendremos ya a detallar.

Finalmente, debe observarse que esta percepción delbrückiana ha sido tomada por determinada corriente historiográfica, floreciente tras la Segunda Guerra Mundial, que tiende a interpretar el período altomedieval en la misma clave que los antropólogos sociales en ocasiones han estudiado los llamados pueblos primitivos (ver síntesis y crítica en B.S. Bachrach, “Anthropology and Early Medieval History: Some Problems”, Cithara, vol. 34, pp. 3-10. 1994); en España esta corriente se manifestó, por ejemplo, en la obra de Abilio Barbero y Marcelo Vigil que, en su momento, ya discutimos aquí, Este impacto de la obra de Delbrück, cuyo primitivismo es evidente como hemos indicado más arriba, sería fruto de la recepción favorable que recibió entre determinada historiografía marxista de las décadas de 1920 y 1930 (ver Gordon A. Craig, “Delbrück: The MIlitary Historian” en P. Paret (ed.). Makers of Modern Strategy from Machiavelli to the Nuclear Age, pp. 326-353: 330-331. Princeton, NJ: Princeton University Press, 1986), punto nada baladí si se tiene en cuenta que entre esta los integrantes de esta corriente se observa una recepción importante del pensamiento marxista, eso sí, según los estándares en boga durante las décadas de 1960 y 1970, siendo en aquel entonces Louis Althusser su máximo exponente,

En definitiva, el tercer volumen de la obra de Hans Delbrück resulta hoy del todo obsoleto e incluso inútil, resultando de interés casi exclusivamente sólo para aquellos interesados en explorar cuestiones de carácter historiográfico.

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2 comentarios en “History of the Art of War, vol. III, Medieval Warfare. Por Hans Delbrück (Reseña)

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