El nacionalismo lingüístico. Una ideología destructiva. Por Juan Carlos Moreno Cabrera (Reseña)

– El nacionalismo lingüístico. Una ideología destructiva. Por Juan Carlos Moreno Cabrera, Barcelona: Península, Atalaya 305 (2008). Bibliografía. Referencias. Pp. 223.

Hoy retornamos con una nueva reseña, en esta ocasión dedicado a este ensayo de Juan Carlos Moreno Cabrera, catedrático de Lingüística en la Universidad Autónoma de Madrid. El argumento central del ensayo es rebatir con argumentos científicos diversos tópicos y preceptos de la sabiduría convencional que, entre otras cosas, sostiene que existen unas determinadas lenguas filológicamente superiores a otras, arguyendo que son más fáciles de aprender o útiles porque tienen muchos millones de hablantes; este último argumento, curiosamente, es empleado a su vez de forma falaz para justificar de nuevo la superioridad de determinadas lenguas por encima de otras.

En la realidad, este tipo de argumentos son de lo más cuestionables si son debidamente analizados. Por un lado, el autor observa que la mayor difusión actual de una lengua determinada está al margen de sus características filológicas si no que es fruto de unos determinados desarrollos históricos y socioculturales. El caso más conocido más cercano sería, por supuesto, el español: su difusión en América vino de la mano del dominio colonial que se extendió durante siglos, tanto por imposición como, sobre todo, por ser la lengua de prestigio al ser la lengua que usaban las élites que dominaban la Administración, dando lugar así a un lento pero inexorable proceso de aculturación. Argüir, en este sentido, que su éxito fue fruto de su relativa sencillez resulta absurdo: el castellano, ciertamente, dispone sólo de cinco vocales; en cambio, el inglés que es la actual lingua franca cuenta con nada menos que doce; el hindi-urdu, que cuenta con muchos más hablantes que el castellano, cuenta con diecinueve. En contraste, lenguas minorizadas y con unos pocos miles de hablantes como el amuesa, el jacarú o el totonaca cuentan con sólo tres vocales (p. 79).

Otro argumento engañoso radica en caracterizar la existencia de un sistema de escritura como un rasgo de supremacía natural de una lengua, cuando se trata más bien de un avance tecnológico estrechamente relacionado a la existencia de una estructura de poder estatal centralizada. Hecho éste último que, una vez más, nos recuerda que la difusión de un lenguaje no tienen nada que ver con el campo de la filología, si no con su desarrollo histórico y sociocultural concretos. Por otro lado, el autor hace notar que las usuales estadísticas que hablan de cientos de millones de hablantes del español o del inglés – o de más de diez millones de hablantes del catalán- son, desde el punto de vista científico, irrelevantes pues resulta poco riguroso sumar los hablantes de variantes lingüísticas de una misma lengua y sacar, luego, conclusiones de ello como si fuese algo trascendental. Más bien, deben observarse intereses económicos muy concretos como serían los del mundo editorial: incidir que un autor de Madrid o de Barcelona es de una variante lingüística concreta y diferenciada podría restar prestigio y lectores – y mercado- a esa obra si se publica en México, Estados Unidos, etcétera. Argumento que nos llevaría, por supuesto, al castellanocentrismo existente en España, que tiende a minusvalorar, especialmente, los rasgos intrínsecos de pronunciación o vocabulario de las variantes en uso en el continente americano o, sin moverse ya de la Península Ibérica, con la andaluza; mientras, esos mismos prejuicios de índole nacionalista sostienen que el español que deben usar las personas educadas es el de la Meseta.

En definitiva, El nacionalismo lingüístico resulta una obra de gran interés y que dota al lector de perspectivas alternativas pero, a su vez, científicamente rigurosas para afrontar determinados debates políticos y en las redes sociales que, si por alguna se caracterizan a la luz de este trabajo, sería por la simpleza de los argumentos.

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