La Violación de Nanking. Por Iris Chang (Reseña)

– La Violación de Nanking. El holocausto olvidado de la Segunda Guerra Mundial. Por Iris Chang, traducido por Álvaro G. Ormaechea. Madrid: Capitán Swing, colección Ensayo (2016). Notas al pie de página. Pp. 319.

Debo reconocer que la lectura de La Violación de Nanking distó de ser placentera si bien la finalidad de la obra, publicada originalmente en Estados Unidos en 1997, es precisamente esa. Iris Chang (1968-2004) dedica este libro a la causa de recuperar la memoria en Occidente de la atroz política criminal de Japón en China durante los ochos años de guerra declarada (1937-1945) en que el Ejército japonés trató de someter a este gigante entonces dormido en nombre del anticolonialismo.

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Incluso la prensa japonesa difundió públicamente los crímenes en Nanking. Por ejemplo, se dio amplia difusión a las competiciones para lograr el mayor número de decapitaciones con sable. En la foto, un chino a punto de ser decapitado por un soldado japonés. (Fuente: Wikimedia Commons.)

El ejemplo más brutal de esta política criminal fue la ocupación de Nanking, hasta entonces capital de la República de China liderada por Chiang Kai-Shek, en diciembre de 1937 y el asesinato sistemático de decenas de miles de habitantes de la ciudad y de prisioneros de guerra chinos capturados durante los días inmediatos a su caída. Paradójicamente, dichos crímenes disfrutaron de amplia difusión y publicidad en todo el mundo gracias, sobretodo, a testimonios como la grabación realizada por el misionero estadounidense John Magee. E incluso la denuncia de los crímenes llegaría al Tercer Reich de la mano de John Rabe, entonces cónsul alemán en Nanking y que lideraría los esfuerzos del puñado de personas que salvaron a varias decenas de millares de persones de morir por las bayonetas japonesas o de hambre.

En este sentido, la mayor aportación historiográfica estriba precisamente en la reconstrucción de la vida de John Rabe tras abandonar Nanking en 1938. Fiel a su promesa de no dejar impunes los crímenes que había presenciado, organizó diversas conferencias públicas en Berlín denunciando los hechos y que contaron con una recepción muy amplia. Esto causaría incomodidad en el Ministerio Exteriores nazi pues, desde 1936, Alemania había firmado el pacto Antikomintern con Japón y la difusión de las matanzas protagonizadas por las tropas japonesas causaron malestar entre el público alemán. De esta manera,  la Gestapo lo visitó a su casa y le forzaron bajo amenazas a abandonar toda denuncia pública. Rabe mantuvo así un perfil bajo y logró sobrevivir incluso a la caída del Tercer Reich aunque en unas condiciones un tanto precarias y subsistiendo gracias a la solidaridad que, en ocasiones, recibió de los ciudadanos en Nanking al saber de su estado de penuria.

Finalmente, la única crítica que quizás pueda hacerse es la contextualización que se hace del Japón de la era Meiji y que adolece de cierta simplificación, en la línea de crítica que ya hicimos en su momento contra trabajos de Götz Aly y Daniel Goldhagen. Al fin y al cabo, no resulta históricamente creíble identificar solamente en el marco sociocultural japonés y la educación militarista del momento como los factores únicos del impulso homicida japonés durante la Segunda Guerra Mundial pues, como observó el historiador estadounidense Gerhard L. Weinberg en un sugerente artículo años atrás, existió un enorme contraste entre el comportamiento criminal practicado entre 1937 y 1945 y el trato cortés y más que correcto que recibieron los prisioneros de guerra rusos en la Guerra de 1904-1905 (WEINBERG, 1992).

Bibliografía referenciada:

– WEINBERG, 1992. Gerhard L. Weinberg, “Some Thoughts on World War II”, The Journal of Military History, vol. 56 nº 3, pp. 659-668. Lexington, Va: Society for Military History (1992).

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